Presionada por la crisis global del modo de producción capitalista, la situación en Oriente Medio se vuelve cada día más crítica. La guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán, independientemente de su evolución en el futuro inmediato, es tanto un síntoma como un factor que acelera y agrava esta situación.
El Estado de Israel cumple plenamente la función y el rol que le asignaron, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, las potencias imperialistas victoriosas (lideradas por EE. UU. y la URSS): la de un gendarme armado, pagado y apoyado por los intereses del capitalismo global, en el corazón de una región rebosante de petróleo, gas y otras materias primas preciosas, y una encrucijada del comercio internacional. Por su parte, las burguesías locales (árabes y no árabes), laicas o intolerantes, corruptas y reaccionarias, temerosas ante los imperialismos más poderosos, no han hecho y siguen haciendo otra cosa que aferrarse a los yacimientos de oro negro y seguir el rastro del dinero: dólares, rublos, euros o yenes; da igual.