La segunda carnicería mundial se concluyó con la repartición del mundo entre los ladrones imperialistas vencedores. La célebre fotografía que retrata, sonrientes y satisfechos, a Roosevelt, Churchill y Stalin en Yalta en febrero de 1945 es el símbolo más elocuente de ello. Dos áreas estuvieron de forma especial en el centro de atención de los tres, por su potencial criticidad en relación a la reapertura “indolora” de un nuevo ciclo de acumulación: la Europa central (y en particular Alemania) y el Oriente Medio. La primera será dividida en dos y ocupada por los ejércitos victoriosos en el temor de la eventualidad de que se repitieran los movimientos revolucionarios surgidos en la primera postguerra (una análoga “división”, esta vez de tipo más político-ideológico, fue efectuada en Italia, donde el “gran partido” de Togliatti de filiación moscovita y la recién nacida DC -Democracia Cristiana- de filiación estadounidense se repartieron literalmente el territorio, dentro y fuera del Parlamento); en la segunda área, será introducida, con función de gendarme local, la cuña del nuevo estado de Israel, ligado con doble filo a los imperialismos occidentales (pero no solo: el primer estado en reconocer formalmente su existencia, tras haberse comprometido activamente en su nacimiento y haber financiado su armamento, fue –no por casualidad– la Rusia de Stalin[1]).
Estos equilibrios se mantuvieron más o menos en pie (las controversias y contradicciones no faltaron) hasta hace poco. Después, la presión de la crisis de superproducción de mercancías y capitales que estalló a mitad de los años setenta del S. XX los dinamitó y ahora se multiplican los focos de tensión, se acumulan los materiales explosivos: en Europa, a nivel (por ahora) de la guerra comercial; en Oriente Medio (y en toda la franja que va desde el Magreb hasta la India), a nivel de una crisis social cada vez más aguda.