Desde hace al menos cuatro años, con creciente intensidad y un transcurrir cada vez más complejo, vivimos una profunda crisis de sobreproducción capitalista. La misma burguesía considera esta crisis como superior, por su profundidad y sus efectos, a la de 1929, que endureció más la gigantesca operación represiva que continuó a la derrota internacional de la revolución proletaria (1922-1927) durante toda la década de los 30, y culminó en la segunda matanza mundial. La breve crisis siguiente en la posguerra, la que va del año 1974 a 1975, cierra el ciclo de acumulación postbélico: una “época de oro”, como a menudo se describe.
¡Proletarios, compañeros!
Primero de Mayo de 2012: la crisis avanza y golpea con dureza, en cualquier lugar del mundo. El paro es galopante, la precariedad se extiende, las pensiones son suspendidas o recortadas, el coste de la vida continúa en aumento, y las vidas proletarias se trastornan y se masacran. Como compensación nos prometen, para un imaginario futuro, (¡cuando hayamos salido de la crisis!) milagrosos aumentos de la ocupación y del salario; a cambio, naturalmente, ¡de aceptar hoy todos los “sacrificios necesarios”!
El carácter de los disturbios acontecidos en los últimos meses en el área que se extiende desde el Magreb hasta la Península árabe, la forma en la que son tratados por los medios informativos internacionales, y el “efecto emulación” que se ha dado en varios países como consecuencia han demostrado el nivel de manipulación y mistificación con los que la ideología dominante, mediante la obra de sus mantenedores, portavoces y portabolsas, consigue todavía pastorear y embrollar, engañándola y paralizándola, a la clase explotada, al proletariado.
El desastre del modo de producción capitalista asume perfiles cada vez más evidentes: va madurando la catástrofe. Indiferentes a las sonrisas de desdén que nos dan a la sola mención de esta palabra, los comunistas somos “catastrofistas” desde siempre. Sabemos que la catástrofe es el resultado final de un modo de producción que, como el capitalista, exalta incesantemente las fuerzas productivas, subordinándolas paralelamente a la ley de la ganancia y encerrándolas en la camisa de fuerza de las formas sociales burguesas.
No nos interesa el grado de proletarización de los controladores de vuelo españoles, protagonistas en los primeros días de diciembre de 2010 de algunos días de duros conflictos sindicales. Ciertamente, no hay comparación entre sus condiciones de privilegio en los aspectos normativos y salariales y las condiciones de los trabajadores emigrantes, en riesgo de ser tiroteados y arrestados cuando cruzan las fronteras españolas, cazados por los caminos y señalados como portadores de peste, ni con las condiciones de los trabajadores de la industria y los servicios, ni con las masas de proletarios despedidos de las empresas. No nos interesa el (altísimo) grado de corporativismo que caracteriza a la Unión Sindical de Controladores Aéreos (USCA, el sindicato autónomo que agrupa al 97% del total de los controladores de vuelo: cerca de 2400 trabajadores) en comparación con el corporativismo (indudablemente menor) del de Comisiones Obreras y la UGT, quienes callando ante el ataque militar introducido en la disputa, han tomado distancia respecto a los trabajadores, temiendo el ejemplo de una lucha radical.
Cuando, en el verano de 1977, un apagón general dejó sin luz a Nueva York, y hundió la metrópolis en una larga noche de desórdenes, deducimos del episodio “tres verdades sencillas para el proletariado”[1]. Las dos primeras eran más que evidentes: la extrema vulnerabilidad del modo de producción capitalista, justamente en la fase de su máxima centralización imperialista; la violencia y la rabia que transpira cada poro de la sociedad burguesa, fruto peculiar de este “mejor de los mundos posibles”. Desde entonces han pasado treinta y cinco años, y otras revueltas se han sucedido a lo largo del mundo ( sin olvidarse de que durante todos los años sesenta los guetos estadounidense no han parado de arder): en Los Angeles, en Brixton, en China, en Argentina, en Méjico, hasta llegar a las banlieues parisinas en el 2005, a la rabia explosiva en las calles de Atenas durante 2010, a los terremotos sociales que han golpeado casi todos los paises de la orilla sur del Mediterráneo, en la primera mitad de este año (terremotos de los que hemos subrayado su inicial carácter proletario –auténticos “asaltos a la panadería” por parte de sin reservas hambrientos y desesperados- y su posterior “captura” y encauzamiento en el cauce democrático por parte de una pequeña burguesía deseosa de reformas que no afectaran por otro lado al status quo). En menor medida pero no menos significativo, en Italia, la iniciativa de los proletarios inmigrantes en Rosarno, en los inicios de 2010, y mas recientemente en Nardò, reacción directa, inmediata, a la bestial explotación a la que están sometidos, y la agitación que se da continuamente en los campos de concentración instalados para clasificar a los considerados clandestinos. Ahora en este agosto de 2011, cuando nuevos y potentes disturbios hacen temblar el andamiaje , que amenaza ruina, del modo de producción capitalista, la rebeliòn ha explotado en Londres (prácticamente bajo estado de sitio), extendiéndose rápido a otras ciudades inglesas, desde hace tiempo castigadas por la crisis económica.
En tanto que comunistas e internacionalistas, sabemos por memoria y por ciencia historica que, en la época del imperialismo, cualquier misión, indipendientemente de cómo se enmascare es una misión de guerra. El ataque a la marioneta más reciente de la cadena imperialista, el coronel Gadafi, no es una excepción.
Imperialismo significa, de hecho, una competencia internacional incrementada, agudas guerras comerciales, exportación de capitales que entran en conflicto de forma inevitable los unos con los otros, el control de las fuentes de materia prima y sus vías de transporte y por lo tanto los intentos de excluir a los competidores, hasta la explosión incontrolada de conflictos, locales en primer lugar y mas tarde, en presencia de condiciones materiales favorables y necesarias, mundiales.
Contra la democracia y el nacionalismo
Como se preveía, la burguesía griega bajo el diktat del B.C.E., del F.M.I. y del B.M. y gracias a al empleo de los aparatos de fuerza de la democracia , hará pagar al proletariado la cuenta de la crisis de sobreproducción y las deudas del Estado. La huelga de 48 horas convocada por las organizaciones sindicales se ha sumido en la impotencia y en un simulacro de batalla a la cual ha sido llevado el proletariado por sectores sociales sin futuro. Si el proletariado no se organiza de forma independiente, tomando en sus manos la responsabilidad de las acciones directas, pagará sin duda alguna con lágrimas y con sangre. Los partidos reunidos en el Parlamento han decidido, democráticamente, atacar brutalmente las condiciones de vida y de trabajo (salarios, puestos de trabajo, pensiones) imponiendo una represión sin fin.