Cuando, en el verano de 1977, un apagón general dejó sin luz a Nueva York, y hundió la metrópolis en una larga noche de desórdenes, deducimos del episodio “tres verdades sencillas para el proletariado”[1]. Las dos primeras eran más que evidentes: la extrema vulnerabilidad del modo de producción capitalista, justamente en la fase de su máxima centralización imperialista; la violencia y la rabia que transpira cada poro de la sociedad burguesa, fruto peculiar de este “mejor de los mundos posibles”. Desde entonces han pasado treinta y cinco años, y otras revueltas se han sucedido a lo largo del mundo ( sin olvidarse de que durante todos los años sesenta los guetos estadounidense no han parado de arder): en Los Angeles, en Brixton, en China, en Argentina, en Méjico, hasta llegar a las banlieues parisinas en el 2005, a la rabia explosiva en las calles de Atenas durante 2010, a los terremotos sociales que han golpeado casi todos los paises de la orilla sur del Mediterráneo, en la primera mitad de este año (terremotos de los que hemos subrayado su inicial carácter proletario –auténticos “asaltos a la panadería” por parte de sin reservas hambrientos y desesperados- y su posterior “captura” y encauzamiento en el cauce democrático por parte de una pequeña burguesía deseosa de reformas que no afectaran por otro lado al status quo). En menor medida pero no menos significativo, en Italia, la iniciativa de los proletarios inmigrantes en Rosarno, en los inicios de 2010, y mas recientemente en Nardò, reacción directa, inmediata, a la bestial explotación a la que están sometidos, y la agitación que se da continuamente en los campos de concentración instalados para clasificar a los considerados clandestinos. Ahora en este agosto de 2011, cuando nuevos y potentes disturbios hacen temblar el andamiaje , que amenaza ruina, del modo de producción capitalista, la rebeliòn ha explotado en Londres (prácticamente bajo estado de sitio), extendiéndose rápido a otras ciudades inglesas, desde hace tiempo castigadas por la crisis económica.