El 1 de Mayo, la inmensa masa proletaria de todo el mundo debe volver a oponer su poder de clase a la cadena de todos los Estados burgueses, imperialistas y belicistas, y volver a ser dueña de su propio destino, sacudiéndose de encima toda la opresión ideológica, económica, social y política de la burguesía. El 1 de Mayo, el proletariado que habla todas las lenguas debe oponer al nacionalismo —estandarte y engaño agitado por las más diversas burguesías en sus guerras imperialistas— la bandera de su propia unidad de combate internacional.
Con esta bandera, en esta formación necesaria, deben anularse las fronteras nacionales: frente a la geografía de los Estados imperialistas, debe volver a afirmarse la geografía que tiene una sola frontera insalvable, la de clase.
El 1 de Mayo nace con reivindicaciones económicas: ocho horas para trabajar, ocho horas para dormir, ocho horas para vivir, en oposición a la necesidad burguesa de exprimir el beneficio del trabajo asalariado hasta su agotamiento, demostrando que no existe un interés común entre «patrones» y «obreros» en las empresas del Capital. Con estas consignas, el 1 de mayo de 1886 se proclama internacionalmente como día de lucha, un movimiento de huelgas que se propaga inexorablemente por todo el mundo industrializado. En Chicago, tras el asesinato de dos trabajadores en un piquete, se celebra una gran manifestación de protesta y apoyo a la huelga. Estalla una bomba y la policía dispara contra la multitud. Es el pretexto para detener a ocho militantes anarquistas y, tras un juicio farsa, condenar a siete de ellos a la horca, conmutando la pena por cadena perpetua para dos. Un año después, cuatro de ellos serán ahorcados en la plaza pública. Desde entonces, todos los luchadores por la causa obrera recuerdan a esos militantes como «los mártires de Chicago». Y desde entonces hemos aprendido que las reivindicaciones económicas expresadas en las huelgas no pueden, ni deben, limitarse al recinto sindical de las empresas y las categorías: son y deben convertirse en reivindicaciones sociales, terreno de enfrentamiento político, lucha de clases que hay que llevar hasta el final —el movimiento real que derriba el estado de cosas actual debe convertirse en lucha revolucionaria.
Pero hay otro mayo que recordar y del que aprender: ¡el de 1871, el de la Comuna de París!
Agotado por la devastadora guerra franco-prusiana, el proletariado parisino se levanta en marzo de ese año contra las traiciones del nuevo gobierno nacional y, casi sin darse cuenta, lleva por primera vez la lucha de clases hasta el final. Toma el poder y, contra la república burguesa, proclama la Comuna. En mayo, sus aún tímidas resoluciones, que tendían a expropiar a la burguesía del poder económico y político, se ahogarán en la sangre de más de veinte mil proletarios, masacrados por las bayonetas francesas y prusianas, ayer enemigas: divididos por sus intereses nacionales opuestos, los dos Estados burgueses se unen en la masacre de los proletarios, organizados en el primer experimento de Estado Obrero. Desde aquel mayo, hemos aprendido que las naciones y las patrias son para nosotros prisiones: no solo nuestras condiciones de vida son malditamente iguales en todas partes, sino que el movimiento que derriba el estado actual de las cosas no puede encerrarse en un recinto local.
El proletariado es internacional, antinacional y revolucionario. O es comunista, o está destinado a seguir siendo una inmensa mina de mano de obra para ser explotada, comprada y vendida- O exterminada.
Se convierte en clase, en sujeto activo, cuando reconoce y lucha por sus propios intereses, y contra los cómodos prejuicios locales, étnicos, nacionalistas y religiosos con los que durante siglos ha sido alimentado por técnicos, científicos, sacerdotes, intelectuales de todo tipo y condición: todos parásitos vivientes que se reparten la riqueza producida por la explotación del trabajo asalariado. Cuando reconoce, dentro del uniforme que colocan a su «enemigo», a un trabajador asalariado como él, y juntos no solo desertan, sino que se aferran a sus armas y las vuelven contra sus explotadores. Cuando reconoce que todo Estado, incluido aquel en el que sobrevive, es imperialista aun cuando no parece militarmente agresivo y prepotente, porque, en este punto de la organización política del Capital, el Estado debe asegurar, con toda la violencia diplomático-militar posible, el control de las fuentes y el intercambio de materias primas, la expansión y el mantenimiento de un libre mercado monopolístico... Y, en el plano “interno”, este capitalista colectivo moderno debe mantener el orden y el consenso mediante un autoritarismo extorsionado democráticamente, con el monopolio de la violencia, de la mediación judicial, de la ideología en todas sus prácticas y formas.
El proletariado se convierte en clase, en sujeto activo, cuando en cada guerra no busca la injusticia ni la razón de tal o cual Estado, del agresor o del agraviado, del autoritario o del democrático, de una patria que defender o de una patria que liberar, o, peor aún, de una “paz” que favorezca los logros sociales de los trabajadores, sino que reconoce que el enemigo no solo está en nuestros hogares: ¡es precisamente nuestra propia casa! Y, para librarse de ello ninguna complicidad es tolerable, sino que debe reivindicar el derrotismo y la deserción organizada y, como en la Rusia de 1917, la guerra civil dentro de su propio Estado, extendiéndola luego a los demás Estados. Cuando, ante la masacre, el genocidio, la limpieza étnica, el sacrificio de miles de seres humanos en el altar de un aborto nacional, como ocurre en Palestina desde hace más de un siglo, no se cierra los ojos, sino que se reconoce que la masacre no es solo obra del sionista asesino, sino también del patriota islamista y sus líderes, que incitan al martirio y, con su control monopolístico de la ayuda, mantienen a millones de seres humanos como rehenes.
Se convierte en una clase, en un sujeto activo capaz de defender sus condiciones laborales, cuando se organiza de forma estable para desarrollar luchas económicas: una organización de combate, arraigada, pero no cerrada en categorías, con reivindicaciones y organizaciones de base que unen a mujeres y hombres, empleados y desempleados, migrantes y colonos, jubilados y precarios... Pero este tipo de “sindicato de clase”, por sí solo, no basta. Es necesario organizar a los trabajadores, ayudarlos a defenderse juntos, a ser clase como conjunto económico: clase en sí, pero aún no clase para sí. El proletariado puede convertirse en sujeto activo, en clase para sí, cuando se organiza en un Partido que actúa para liderarlo en el movimiento que transforma el estado actual de las cosas, llevando la lucha de clases hasta el final: permitiendo así que el proletariado internacional se convierta en clase dominante e inicie el proceso que elimine el monopolio de la propiedad de las fuerzas productivas y la riqueza producida, la rígida división social del trabajo y de las clases.
Primero de Mayo 2026