PARTIDO COMUNISTA INTERNACIONAL: Lo que va de Marx a Lenin, a la fundación de la Internacional Comunista y del Partido Comunista de Italia (Livorno, 1921); la lucha de la Izquierda Comunista contra la dgeneración de la Internacional, contra la teoría del "socialismo en un solo país" y la contrarrevolución estalinista; el rechazo de los Frentes Populares y de los Bloques de la Resistencia; la dura obra de restauración de la doctrina y del órgano revolucionarios, en contacto con la clase obrera, fuera del politiqueo personalista y electoralista.
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¿Siguen siendo actuales el imperialismo y la guerra?

(de nuestro Kommunistisches Programm)

En su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), Lenin describía el desarrollo del capitalismo en sentido imperialista y proporcionaba además las herramientas teóricas para abordar la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, la cuestión más debatida hoy en día es si sigue siendo actual ese análisis, y que sentido tiene abordar este tema.
A la burguesía le gusta fingir que el imperialismo es un concepto anticuado y superado, y rechaza la teoría del imperialismo de Lenin por considerarla obsoleta y errónea. Sin embargo, el imperialismo está viviendo un nuevo renacimiento como término moral de lucha, por parte de quienes se definen de izquierda, contra la política agresiva de los principales Estados imperialistas, así como como empleándolo como insulto contra los competidores imperialistas de su propia burguesía nacional. El diario Die Welt del 23 de septiembre de 2022 publicó un artículo titulado «Cómo Scholz ha recuperado un grito de guerra de Lenin». Al comentar así el discurso del entonces canciller ante la ONU: «Ahora esgrime el concepto leninista contra la operación de Putin: “¡Esto es puro imperialismo!”» .


Más allá de las diversas ideologías burguesas, tanto de “izquierda” como de derecha, incapaces de comprender la realidad burguesa-capitalista en su totalidad y en su dinámica, llegando como mucho a registrar sus manifestaciones superficiales, es necesario tener una comprensión clara del funcionamiento y el desarrollo del capitalismo con sus diversas fases históricas. Solo así es posible comprender el desarrollo actual del capitalismo y sus contradicciones, crisis y guerras. Este es un requisito indispensable para poder combatir el capitalismo y abrir una perspectiva revolucionaria, para no hundirse en el lodazal de la política burguesa y la complicidad con ella.
El desarrollo del capitalismo puede dividirse aproximadamente en tres fases.
En la fase inicial surgieron las primeras formas de economía capitalista en el seno de la sociedad feudal. El enorme crecimiento de las fuerzas productivas y la industrialización acentuaron las contradicciones sociales con las viejas relaciones, y la burguesía, entonces aún revolucionaria, se puso al frente del joven orden social capitalista eliminando el antiguo feudalismo.
A continuación vino la fase de estabilización, en la que el capitalismo se impuso en toda la sociedad desde el punto de vista económico (formación de una economía nacional, trabajo asalariado) y político (desarrollo de los Estados nacionales y del sistema estatal moderno), moldeándola a su imagen.
La fase imperialista se caracteriza por el hecho de que el capitalismo se desarrolló plenamente en un primer momento en aquellos estados líderes, mientras que el resto del mundo quedó sometido en forma de colonias. Denominamos por tanto a esta fase inicial del imperialismo «imperialismo colonial», es decir, el periodo comprendido entre finales del siglo XIX y principios del XX. Pero de esta forma, el modo de producción capitalista se introduce también en los países coloniales. De hecho, el capitalismo se caracteriza también por tender a conquistar el mundo entero e imponer su modo de producción en todas partes. Los movimientos anticoloniales eran expresión de la lucha de emancipación revolucionaria de las jóvenes burguesías, que, lamentablemente, debido al debilitamiento del movimiento comunista mundial, no pudo utilizarse como trampolín para la revolución proletaria, sino que solo condujo a la creación de nuevos Estados nacionales burgueses dentro del orden mundial capitalista. Este proceso de la fase revolucionaria burguesa concluye en los años 70 en las antiguas colonias. Desde entonces, todos los estados están integrados en el sistema imperialista mundial y pueden actuar de manera diferente en función de su fuerza económica, política y militar. La distinción entre «estados imperialistas» y «colonias» ha quedado ya obsoleta, aunque naturalmente hay estados más fuertes que pueden ejercer presión o dominar a aquellos más débiles en el sistema imperialista mundial, a través de relaciones de fuerza económicas, y por tanto también relaciones políticas y militares directas. Sin embargo, esto no significa que existan estados «buenos» más débiles y estados «malos» más fuertes: el capitalismo, en su fase imperialista, ha perdido todo potencial de desarrollo progresista, independientemente del país en el que se encuentre.
Profundicemos ahora en las características del capitalismo imperialista
El imperialismo es el capitalismo altamente desarrollado o “demasiado maduro” (Lenin). Según éste, es posible identificar cinco características esenciales del imperialismo, que siguen siendo válidas hoy en día :
«1. La concentración de la producción y del capital, que ha alcanzado tal grado elevado de desarrollo que ha creado monopolios con una función decisiva en la vida económica». Si observamos la situación actual, podemos constatar cómo cada sector o ámbito económico está dominado por poco más de un puñado de grupos industriales y que la producción está cada vez más concentrada (pensemos, por ejemplo, en el sector de las tecnologías de la información o en la industria automovilística, donde se producen continuas fusiones y agrupaciones).
«2. La fusión del capital bancario con el capital industrial y la formación, sobre la base de este “capital financiero”, de una oligarquía financiera». Traducido al lenguaje moderno, hoy se habla de un capitalismo guiado por los mercados financieros. Cada gran grupo cotiza en bolsa y debe garantizar el rendimiento correspondiente en los mercados financieros. Los bancos y los inversores financieros tienen en todas partes una gran influencia o incluso el control total.
«3. La gran importancia que ha adquirido la exportación de capital en comparación con la exportación de mercancías». Hoy en día esto parece tan obvio que no necesita más explicación.
«4. El surgimiento de asociaciones monopolísticas internacionales de capitalistas, que se reparten el mundo». De hecho, las grandes multinacionales internacionales se reparten el mercado mundial entre ellas.
«5. El reparto consumado de la tierra entre las mayores potencias capitalistas». Tras el fin del imperialismo colonial, ya no existen solo las antiguas grandes potencias. Sin embargo, sigue siendo cierto que el mundo entero está dividido y no existe un pedazo de tierra “virgen” que no esté ya integrado económica y políticamente en el sistema imperialista mundial. Por lo tanto, cualquier intento por parte de los estados individuales de expandir su esfera de influencia económica, política o militar conduce inevitablemente a conflictos con otros estados.
Mientras que en sus fases anteriores el capitalismo, pese a todas las crisis, aún tenía gran potencial de crecimiento (la industrialización aún no se había completado, la progresiva incorporación de sectores nuevos de la sociedad como la agricultura, la expansión del mercado mundial), en la fase imperialista este potencial se está agotando cada vez más. El resultado son problemas económicos y crisis cada vez más profundas a las que deben hacer frente el Estado y el capital.
La Segunda guerra mundial permitió al capitalismo, gracias a las innovaciones tecnológicas de la industria bélica y a la destrucción masiva de mano de obra, mercancías y capital excedente, un enorme auge económico, conocido también como “milagro económico”, que por un breve momento pudo suscitar la ilusión de que pudiera existir un capitalismo sin crisis.
Desde los años 70 y con el fin del boom de la posguerra, el capitalismo se encuentra en una crisis estructural. Sin embargo, no hay que subestimar la capacidad de adaptación y la fuerza innovadora del capitalismo: como es sabido, quien se da por muerto vive más tiempo. Y se han aprovechado todas las posibilidades para superar la crisis: los avances tecnológicos (basta citar todo el desarrollo de la microelectrónica) y la adaptación y el control flexibles de la economía y la producción (el fin de Bretton Woods, la desregulación de los mercados financieros y la transferencia flexible de la producción a países con salarios más bajos) han dado repetidamente un enorme impulso al capitalismo en las últimas décadas y han logrado repeler las crisis que se han producido a corto plazo. Sin embargo, la crisis no se ha eliminado, sino solo pospuesto, y cada nueva expansión y desregulación del sector financiero y flexibilización de la producción ha agravado aún más los síntomas de la crisis, que siguen manifestándose de forma cada vez más evidente. Y se podría decir que a la clase dominante se le están agotando poco a poco las recetas. Las posibilidades de superar la crisis están disminuyendo y, al mismo tiempo, todas las contramedidas adoptadas conducen a un agravamiento adicional de la situación y aumentan el riesgo de una explosión incontrolable (por ejemplo, inflación debida a una política monetaria expansiva, estallido de burbujas financieras, créditos incobrables, colapso de las cadenas de producción y mayor presión sobre la tasa de ganancia general).
Por lo tanto, se puede afirmar que el imperialismo significa capitalismo altamente desarrollado. Las crisis destructivas y devastadoras inherentes al capitalismo, ya presentes en la época de Marx en el siglo XIX, se convierten en la expresión de una crisis estructural que se está transformando gradualmente en una crisis existencial del capitalismo.
Todo ello conlleva una serie de consecuencias adicionales. Las intervenciones del estado para contener la crisis adquieren proporciones enormes. El discurso sobre la “economía de libre mercado” no es más que una frase vacía, dado que el estado imperialista controla constantemente la economía e interviene donde lo considera necesario (por citar algunos ejemplos: la política monetaria y de tipos de interés de los bancos centrales, las subvenciones a determinados sectores económicos, la promoción de nuevas tecnologías, las ingentes inversiones estatales para sostener la economía en dificultades y la liberalización recíproca y, actualmente, el cierre de los mercados mediante aranceles protectores). El intervencionismo estatal significa vigilancia, control y gestión de la economía.
Con el agravamiento de la crisis y el consiguiente ataque generalizado a las condiciones de vida y de trabajo de la población proletaria (lo cual también forma parte de los intentos capitalistas por contener la crisis), en el que no solo está implicado el capital, sino también el estado, aumenta también la necesidad de defenderse de estos ataques. Aunque no existe una correlación esquemática entre crisis económica y crisis social, con el agravamiento de la crisis la cuestión social vuelve a asumir un papel de primer orden también en las metrópolis. El estado, como representante de los intereses capitalistas nacionales, debe adaptarse a esta situación y lo hace tratando de controlar las luchas de la clase obrera y de contenerlas en un marco jurídico regulado (a través del derecho de huelga, los sindicatos y las instituciones que apoyan al Estado). Además, el aparato represivo se amplía y perfecciona continuamente para estar preparado para hacer frente a situaciones de luchas y revueltas incontrolables y poder reaccionar con la fuerza. Este refuerzo del aparato represivo no se traduce necesariamente en violencia y opresión directas, sino en la ampliación del potencial de amenaza y de las posibilidades del estado. Cuando la amenaza más o menos abierta de medidas de fuerza por parte del estado ya no es suficiente, este no duda en demostrar su determinación. Y la violencia potencial se convierte en violencia cinética, activa.
No es casualidad que el fascismo histórico (sobre todo en Italia y Alemania) surgiera en la fase inicial del imperialismo. Este último sentó de hecho las bases para el intervencionismo estatal, la integración violenta de la clase obrera y el moderno aparato represivo estatal, heredados por las democracias de la posguerra. A esto nos referimos cuando decimos que la democracia tiene una esencia fascista.
Imperialismo y guerra
Pasemos ahora a otro punto importante: los conflictos internacionales entre estados y las guerras económicas, políticas y militares. Para los ideólogos burgueses y los comentaristas, no son las condiciones sociales sino el individuo el responsable de los males de la sociedad. Si estalla una burbuja financiera, las causas no se buscan en el capitalismo, sino en los “gerentes codiciosos” o en los “chupópteros”; si estallan guerras comerciales o conflictos militares, los culpables son solo locos, dictadores y tiranos —por ejemplo, Trump o Putin— y no el sistema capitalista. Cualquier superación del capitalismo sigue viéndose como inconcebible: ¡el capitalismo es el único sistema justo y bueno que puede existir! En esta lógica encaja perfectamente el hecho de que el imperialismo se reduzca a menudo al impulso expansionista belicista y a la sed de poder de países individuales gobernados por tiranos.
Sin embargo, si partimos de la premisa, como se ha señalado anteriormente, de que el imperialismo significa en definitiva “capitalismo en crisis”, de que en el capitalismo altamente desarrollado y maduro las posibilidades de hacer frente a esta crisis son cada vez más escasas y de que además el mundo entero (todos los mercados, esferas de influencia y territorios) ya está dividido, queda inmediatamente claro que todo esto no solo tiene repercusiones dentro de los estados nacionales (como se ha descrito anteriormente), sino también a nivel internacional, en las relaciones entre los estados nacionales. Los aranceles comerciales impuestos por Estados Unidos bajo el mandato de Trump y los intentos de chantajear económicamente a otros países solo pueden interpretarse como un intento desesperado de eliminar a los competidores en el mercado mundial y reforzar su propia posición, con el fin de mitigar al menos la crisis para el capital nacional, descargándola sobre los competidores. Y del mismo modo, a medida que avanza la crisis, todos los demás estados tratan de afirmar sus intereses de forma cada vez más despiadada frente a la competencia imperialista. La lucha se vuelve cada vez más drástica y rompe incluso las antiguas “amistades”, como podemos observar entre Estados Unidos y la UE o incluso dentro de la propia UE. Pero también debe quedar claro que no se tratará solo de “simples” guerras comerciales: el siguiente paso será el enfrentamiento militar indirecto, y luego el directo.
El desarrollo del conflicto en Ucrania ha sorprendido a muchos. De hecho, hace solo 20 años las guerras se libraban principalmente en las llamadas periferias, mientras que hoy se libran directamente en los centros imperialistas y con la participación directa de las grandes potencias imperialistas. Los “intentos de explicación”, los “análisis” burgueses, van cambiando repetidamente a lo largo de la guerra, porque cada intento de explicar el conflicto en su totalidad se ve desmentido por la realidad. Mientras que en el pasado nuestro análisis de que las condiciones capitalistas estaban preparando una tercera guerra mundial fue recibido por muchos con escepticismo y burla, hoy en día esto ya no puede negarse y es retomado incluso por la llamada corriente dominante burguesa, aunque solo sea de manera superficial. En nuestros análisis siempre hemos subrayado y explicado que es el desarrollo imperialista en su conjunto (el capitalismo altamente desarrollado con su crisis y sus problemas de valorización) el que alimenta la dinámica bélica y que son las propias condiciones las que preparan una nueva masacre mundial de proporciones inimaginables. La guerra en el imperialismo no es, por tanto, un “contratiempo”, sino parte integrante del mismo: ocupa un papel constante y central en el imperialismo y es inevitable.
Si observamos el desarrollo social actual, vemos que los políticos burgueses han comprendido lo que el sistema les exige:
- Todas las fuerzas burguesas quieren la guerra, porque de alguna manera, sienten que en la fase actual del capitalismo es inevitable. Se preparan para ella, lanzan campañas de rearme sin precedentes, militarizan toda la sociedad, pasan a una economía de guerra, arrastran a todos a su entusiasmo belicista, desde los liberales hasta los conservadores, desde la “izquierda” hasta la derecha. Chovinistas y oportunistas de todo tipo se dan la mano en su deber autoimpuesto de defender la patria y resurgen los fastos de la Primera Guerra Mundial. La economía de guerra y la militarización de la sociedad se convierten en una necesidad para el capital, porque todos los recursos sociales deben movilizarse para la guerra. Y, de hecho, ya durante la Primera guerra mundial, Bujarin escribía: «La guerra moderna necesita más que una simple “dotación” financiera. Una guerra exitosa exige que las fábricas y las plantas, las minas y la agricultura, los bancos y las bolsas —todo— “trabaje” para la guerra. “Todo por la guerra” es el lema de la burguesía. Las exigencias de la guerra y de los preparativos bélicos imperialistas obligan a la burguesía a adoptar una nueva forma de capitalismo, a poner la producción y la distribución bajo el poder del Estado, a destruir por completo el viejo individualismo burgués».
Pero no se trata solo de la guerra en sí misma, que a través de la destrucción masiva de mano de obra proletaria superflua, mercancías y capitales podría tener el potencial (como tras la Segunda Guerra Mundial) de dar al capitalismo enfermo un nuevo y prolongado impulso. Ya el rearme y la militarización por sí mismos, el disciplinamiento de la población, la centralización de la economía y los inmensos gastos militares deberían —así lo desearía la burguesía— estabilizar la economía en dificultades y en crisis, así como la cohesión social.
El estado burgués, estrechamente fusionado con el capital financiero, ha pasado en el capitalismo desarrollado de ser un capitalista ideal a uno real, social, que no solo crea las condiciones marco, sino que también ejerce una influencia central sobre la producción a través de regulaciones, subvenciones e incluso directivas de economía de guerra. Es el último salvavidas, también económico, del capital en crisis. La falta de oportunidades de inversión rentables para el capital acumulado y la escasez de mercados de salida deberían superarse mediante una planificación económica estratégica. Hasta hace poco, un lema central de esta planificación era el «Green New Deal», que pretendía crear nuevos mercados de salida subvencionados para productos aparentemente respetuosos con el medio ambiente y abrir una ventaja competitiva a la economía alemana. Tras el fracaso de esta orientación estratégica, debido en gran medida al poderío económico chino y en el contexto de la nueva guerra que se está librando en Europa, la palabra mágica oficial es ahora “economía de guerra”.
Con inversiones multimillonarias, Alemania debería estar “preparada para la guerra”. Para 2029, el presupuesto de defensa debería ascender a 153.000 millones, el triple del valor de 2024. A esto se suman infraestructuras militares por más de 70.000 millones. Estos gastos suponen un enorme aumento de la deuda pública, que se maquilla con fondos especiales opacos y se presenta como “normal” a pesar de los proyectos presupuestarios con déficits de miles de millones. Un tal rearme militar necesita, naturalmente, una fuerte amenaza de guerra procedente del Este como justificación, en cuya materialización está trabajando intensamente el propio Gobierno federal. Al mismo tiempo, los gastos en armamento se presentan como un motor para la economía. El ministro de Economía, Reiche, habla en este contexto de «una oportunidad económica y tecnológica» para Alemania, mientras que incluso los economistas burgueses advierten de una «apuesta arriesgada con un bajo rendimiento macroeconómico» (en palabras del profesor de economía Tom Krebs, de la Universidad de Mannheim).
¿Qué papel desempeña ahora la economía de guerra para el desarrollo económico? ¿Puede el capitalismo superar su crisis económica con la intervención estatal? Es innegable que, en un contexto de mercados de salida cada vez más restringidos y de falta de oportunidades de inversión rentables, la competencia capitalista “normal” ha dado paso a una lucha sin cuartel con un componente militar. Por último pero no menos importante, Estados Unidos aprovecha al máximo su poder militar como factor de chantaje económico. El rearme actúa como catalizador de su poder económico, aunque Trump se muestra abiertamente muy interesado en trasladar los costes en la medida de lo posible a la competencia (por ejemplo, obligando a sus “aliados” a comprar armamento estadounidense). El Gobierno alemán también está tratando de sacar partido de la “era del armamento” anunciada en marzo por la presidenta de la Comisión Europea, Von der Leyen, y de aprovechar el programa de armamento de la UE SAFE, con sus préstamos subvencionados a los países miembros, en beneficio de sus propias industrias bélicas. Al mismo tiempo, está desarrollando la investigación militar en estrecha colaboración con la investigación civil y subvencionando los “productos de doble uso” (dual use), es decir, mercancías e inversiones del sector civil que pueden ser útiles para el sector militar. Su objetivo declarado es salir de la crisis en la que se encuentra la economía alemana, sometida a presión inflacionista desde el fin de los suministros energéticos rusos a precios ventajosos. Esta orientación estratégica es vista con ojo crítico incluso por los economistas burgueses. El director del IfO, Fuest, declaró al diario Handelsblatt que «El valor añadido en los sectores en crecimiento no se genera generalmente en los mercados, sino que se financia a través de los impuestos y las cotizaciones sociales. Esto frena la propensión a la inversión y empobrece a Alemania». Y Holtemöller, del Instituto Leibnitz de Investigación Económica de Hall, advierte: «Desde el punto de vista económico, los gastos militares son más bien gastos de consumo (...) Aunque los gastos en investigación pueden generar efectos de repercusión, esto no ocurre automáticamente y solo afecta a una pequeña parte del presupuesto» (Berl. Ztg. del 5.9.25).
Como marxistas, sabemos que en el capitalismo la “creación de valor” se basa en la plusvalía obtenida mediante la explotación de los trabajadores y que en el proceso de acumulación capitalista una parte de esta plusvalía debe convertirse en capital para reinvertirse (en lugar de ser consumida individualmente o por el estado). Si el estado inicia ahora una producción militar a gran escala, esto se basa, ante todo, en una redistribución masiva de la plusvalía existente. Las empresas fabricantes de armas obtienen enormes beneficios a costa del aumento del gasto público, mientras que la acumulación estatal de material militar que ya no puede utilizarse en la producción aumenta el déficit público. Este tipo de “consumo estatal” de armas a la espera de ser utilizadas sustrae capital al sector productivo de la economía. Este aumento de las desproporciones en la economía restringe aún más el marco de la producción de plusvalía. Mientras que las empresas fabricantes de armas disfrutan de beneficios adicionales inducidos por el Estado, la producción y la realización de plusvalía por parte de la sociedad en su conjunto se ven reducidas. El capital y el estado trabajan, por tanto, para aumentar la tasa de plusvalía, intensificando la explotación. Mientras que el presupuesto de defensa no conoce límites, en todos los demás sectores hay que ahorrar. El gasto militar actual ha alcanzado ya niveles sin precedentes y los preparativos para la guerra están en pleno apogeo. Como escribimos en nuestro periódico (n.º 9/2025):
«El 18 de marzo de 2025 el Bundestag alemán decidió suspender el freno al endeudamiento por un importe de 500.000 millones de euros “para inversiones adicionales en infraestructuras y para inversiones adicionales destinadas a alcanzar la neutralidad climática para 2045”, así como por un importe ilimitado (“whatever it takes”) para gastos militares. ¡El diario Handelsblatt del 16 de marzo de 2025 ya prevé un nuevo endeudamiento de hasta 1,7 billones de euros en los próximos diez años! En esencia, se trata de una campaña de rearme masiva sin precedentes. De hecho, incluso las inversiones en infraestructuras podrían revelarse, tras un examen más detallado, como parte del programa de rearme: en caso de guerra con Rusia, Alemania debería actuar, de hecho, como zona de despliegue militar y centro de transporte de tropas hacia Europa del Este. Con puentes de autopistas en riesgo de derrumbe, una red ferroviaria en ruinas y una infraestructura energética deficiente, esto no es posible. Y con un sistema sanitario que ya está al borde del colapso en caso de una grave epidemia de gripe, difícilmente será posible atender a decenas de miles de heridos graves (¡o incluso más!) y amputar extremidades. (Die Zeitenwende – die Kriegsvorbereitungen sind im vollen Gange)».
Por supuesto, el enorme gasto público en las fuerzas armadas y las infraestructuras es al mismo tiempo una bendición para la burguesía: pero es una ilusión piadosa pensar que pueda sacar a la economía de la crisis. Y este es otro aspecto del intervencionismo estatal: estimular la economía mediante un elevado gasto público, lo que conlleva una deuda pública en continuo aumento. El paso a una economía de guerra no es, por tanto, solo una preparación para la guerra, sino también un programa de estímulo económico literalmente agresivo y una estrategia de gestión de crisis por parte del estado en la fase imperialista, que eclipsa a los “clásicos” programas de estímulo económico, también financiados con deuda. Pero una financiación mediante deuda no supone una valorización real del capital, no resuelve la caída de la tasa media de ganancia, no reanuda la acumulación de capital. Más bien crea posiciones de renta, y por lo tanto improductivas. En términos teóricos: el estado redistribuye la plusvalía, no crea nueva; por lo tanto, no resuelve la crisis de valorización; el gasto militar no aumenta la plusvalía total, por lo que no puede elevar la tasa media de ganancia. El gasto a crédito para la militarización no resuelve el enorme desequilibrio entre el capital invertido en máquinas y medios de destrucción y el capital destinado a los productores, es decir, a los asalariados… sino que, por el contrario, exacerba este desequilibrio. «En toda crisis, la sociedad se asfixia bajo el peso de sus propias fuerzas productivas y de sus propios productos que no puede utilizar, y se encuentra impotente ante la absurda contradicción de que los productores no tienen nada que producir porque faltan consumidores» (Engels, Anti-Dühring, Tercera sección: Socialismo. II. Elementos teóricos).
Además del aspecto teórico, también lo demuestran los ejemplos históricos similares a la fase actual: en vísperas de las dos guerras mundiales, ni el intervencionismo estatal de principios del siglo XX ni el keynesianismo lograron sacar al capital de la crisis, sino que en ambos casos fue necesaria la destrucción de la guerra. El capital busca, refugiándose en la economía de guerra, salir de la crisis en la que se encuentra la producción industrial «pacífica», también porque es el único sector que puede absorber la enorme masa de capitales que no encuentran otra valorización… Pero se ve obligado a hacerlo precisamente porque en los demás sectores no hay posibilidad ni capacidad de valorización, no porque tenga la certeza y la garantía de salir así de la crisis; y porque la crisis es a nivel global y, por lo tanto, todos tratan de sacar ventaja sobre los competidores imperialistas por todos los medios, de descargar la crisis sobre los competidores. La guerra comercial tiende, por lo tanto, a la guerra abierta. Se trata de necesidades históricas que se imponen más allá de las posibilidades, la capacidad y la voluntad de los títeres burgueses.
Mientras tanto ya ha quedado claro, mucho más rápido de lo que se pensaba, quién tendrá que pagar todo esto. En primer lugar, los más pobres entre los pobres, los llamados «parásitos sociales», pero en general los costes de la guerra se trasladarán como siempre a la población asalariada y, como siempre, los proletarios servirán de carne de cañón cuando la situación se agrave y comience la gran masacre (sí, en Ucrania, en Rusia y en Oriente Medio ya ha comenzado y en la periferia ya está en marcha).
No solo el imperialismo sigue vigente, sino que la resistencia contra el desarrollo descrito anteriormente es más necesaria que nunca. La pregunta es: ¿cómo?
En primer lugar, es necesario comprender claramente la situación actual en la que nos encontramos (el imperialismo) y el papel del “propio” Estado. El movimiento pacifista burgués no es capaz de hacerlo, y por lo tanto solo puede criticar los fenómenos y las degeneraciones de este sistema, quedando inevitablemente limitado al ámbito de las maniobras diplomáticas y los llamamientos a los Estados burgueses y a sus instituciones (incluida la ONU). También la iniciativa «Guerra nunca más» ha elaborado un amplio catálogo de peticiones al Gobierno federal para la manifestación del 3 de octubre titulada «No a la política de guerra y a la militarización — Sí a la paz y al desarme».
Esto es erróneo por varias razones: alimenta ilusiones sobre la democracia y el estado burgués, según las cuales el actual gobierno satisfaría estas reivindicaciones pacifistas si hubiera suficiente presión por parte de la calle, o la ilusión de que otro gobierno podría hacerlo mejor. Pero esto significa ignorar el carácter belicista del imperialismo y el papel del Estado, que se prepara con determinación para la guerra y está listo para librarla, independientemente del gobierno en el poder. La política imperialista, el rearme y la guerra no pueden detenerse con llamamientos pacíficos y buenas intenciones.
La única forma de oponer una resistencia eficaz a los preparativos de guerra y a la guerra misma es romper el marco de la política burguesa, que inevitablemente se sitúa dentro de la lógica imperialista, porque no puede existir un imperialismo pacífico.
Para ello, es necesario que la clase obrera moderna recupere la conciencia de su propia fuerza. Sin embargo, esto no es posible de la noche a la mañana, sino solo a través de un resurgimiento generalizado de la lucha de clases. Solo entonces la clase obrera, y solo ella, tendrá la fuerza para echar por tierra los planes de los belicistas. No es forjando pactos con el Estado, sino a través de huelgas a gran escala, paralizando la producción y causando graves daños económicos al capital, como se podrán frustrar los planes de guerra. De cara al futuro, es necesario volver a poner en la agenda la lucha por una sociedad sin clases, el comunismo, porque solo superando el capitalismo en su fase imperialista se podrá poner fin de una vez por todas a la guerra. Sin revolución, la historia del imperialismo continuará, una guerra seguirá a otra y, tarde o temprano, habrá una nueva masacre mundial… ¿Hasta cuándo se autodestruirá la humanidad?

INTERNATIONAL COMMUNIST PARTY PRESS